La igualdad entre sexos es una cuestión que se debate de forma permanente en aquello que denominamos el espacio público social. Un ámbito creado para nuestro beneficio (los hombres) y donde se desarrollan conocimiento, economía, política, trabajo remunerado y poder. El hecho que porque la presunta igualdad entre los sexos se produzca en este espacio público, tendría que llevar implícita la idea que los hombres compartimos con las mujeres los derechos y privilegios atesorados durante milenios.

Posar la igualdad en este espacio es tanto como decir que somos el modelo a seguir. Un patrón construido como espacio de poder, de dominio, donde competir quiere decir ganar, intentar lograr la cumbre de la estructura piramidal antes de que nadie, un lugar donde la fuerza como ejercicio de intimidación se ha ido imponiendo y ha llevado varias civilizaciones a guerras, genocidios y exterminios como forma de resolver conflictos. Un espacio generador de diferencias de clase, xenofobias y racismos.

El espacio público no deja lugar ni tiempo para el amor (curas, empatía, crianza de los hijos, afectos…) y necesita depositarlo en el espacio, digamos privado, del mundo femenino para hacer posible que la vida (una vida digna y equitativa para todos y para todas) se desarrolle. Un espacio que, a pesar de que pide mucho de tiempo y dedicación, no está valorado en el espacio público y deja la mujer en un lugar de subordinación.

Si los hombres queremos dar una oportunidad en el espacio amoroso, donde se desarrollan curas y afectos, estamos obligados a salir, ni que sea de forma momentánea, de nuestros territorios públicos. Tendremos que adentrarnos en este territorio femenino, explorar el espacio privado. Curiosamente, en este ámbito ya no hablaremos de cesión de privilegios: en este ámbito toparemos con nuestras carencias, nuestro carácter de seres humanos incompletos como resultado de nuestro patriarcado. En este espacio privado son ellas las que nos pueden ceder o compartir sus “privilegios” atesorados del amor y hacer que aprendamos qué son los afectos. Si crecemos como humanos en estos valores, ya nada será como antes. No volverá a haber espacios públicos ni privados, sencillamente un espacio único al servicio de la vida, donde la igualdad por todas y todos puede acontecer una realidad. Así podremos desmontar la desigualdad entre los sexos, las diferencias de clases y, por supuesto, profundizar el respeto por aquello que nos nutre a todos: la natura.

Por José Maria Lozano
Homes Igualitaris- AHIGE Catalunya
www.homesigualitaris.wordpress.com

 

Volver a todos los artículos de interes

DESTACADOS
Compartir:
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter