Por: Ester Torrella.-

¿Cuál es la facultad del organismo que le permite combatir la enfermedad? ¿Cuáles son las fuerzas que la movilizan y donde se encuentran ubicadas?

Estas son algunas de las preguntas que han impulsado a médicos de todos los tiempos y tradiciones a adentrarse más y más profundamente en el conocimiento de la realidad esencial del ser humano. Los antiguos sabían que aquel sistema inteligente que renueva y regenera permanentemente el universo, es el mismo que regula y regenera el organismo humano. Somos exactamente un espejo donde el universo se contempla o, lo que es igual, su singularidad holográfica.

El ser humano no comienza o termina en la piel que delimita su forma física. Hay toda una serie de campos energéticos, de sutilidad creciente, que lo rodean y que se expresan a través de frecuencias de vibración. El campo más inmediato, lo que recorre la totalidad del cuerpo físico como si dibujara su silueta, es el Cuerpo Etérico, lo que Goethe llamaba, el portador de la vida, porque una de sus funciones es, precisamente, la de nutrir y transferir vida al cuerpo físico. También tiene la capacidad de protegernos de las agresiones contaminantes del medio externo, manteniendo la eficacia y la eficiencia de los mecanismos de autocuración del organismo con los que permanece íntimamente conectado a través de los chakras.

Cuando se manifiestan síntomas en cualquiera de los ámbitos que nos conforman: físico, energético, psíquico o social, es porque estos mecanismos mencionados, han agotado su capacidad de mantener la estabilidad del sistema. Se abren grietas y nuestras áreas de mayor vulnerabilidad quedan expuestas. Si las causas del agotamiento son ocasionales -por ejemplo, por un estado puntual de tensión desmesurada-, la aparición de un resfriado o de un fuerte dolor de cabeza, nos obligará a descansar y, durante el reposo, el cuerpo etérico y el sistema de regulación interno, podrán recuperarse por sí solos completamente. En este caso, los síntomas serán estrategias adaptativas para la autocuración. Pero si la circunstancia estresante se mantiene en el tiempo y, sobre todo, si nos fuerza a vivir situaciones incoherentes o contrarias a nuestras necesidades esenciales, el cuerpo etéreo puede no encontrar la forma de recuperar y regenerar el flujo energético que necesitan los órganos para recuperar su salud. Entonces, los síntomas tenderán fácilmente a la repetición o a la cronicidad e, incluso, podrían convertirse en la antesala de una situación de no retorno.

El cuerpo etéreo, entre otros que en esta ocasión no vamos a mencionar, conforma la realidad biofísica del ser humano y no solo la biológica y la bioquímica, como contemplan todavía hoy los estamentos médicos oficiales. Los pensamientos negativos o las emociones descontroladas como el miedo, por ejemplo, los sobreesfuerzos o la alimentación inadecuada, consumen nuestra energía vital, debilitando el cuerpo etérico y disminuyendo, como consecuencia, la capacidad defensiva del organismo. El trayecto patológico se inicia en los planos invisibles -cuerpo etérico- y se manifiesta en los visibles -cuerpo físico-. La Medicina Tradicional, en este caso la Occidental, a través de los remedios espagíricos o espagírico-alquímicos, puede incidir sobre los dos cuerpos. Esta capacidad le permite actuar a la vez sobre el síntoma y sobre la causa que lo ha provocado. De las características y formas de actuación del remedio espagírico hablaremos más ampliamente en próximos artículos. Por último, quisiéramos recordar que la medicina es ciencia y arte y que la concepción materialista de la ciencia médica, vigente desde los inicios del racionalismo del siglo XVIII, está llamada, ahora más que nunca, a integrar sus aspectos más invisibles, intuitivos y trascendentes, su arte, en definitiva, para recuperar su unidad perdida, en beneficio de la nueva humanidad.

Dra. Ester Torrella

Medicina Tradicional Occidental: Espagiria y Alquímia

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