Para muchas personas, el lugar más seguro, acogedor y privado es su hogar. A ella vinculamos gran cantidad de recuerdos, emociones, sentimientos y experiencias vividas a lo largo de nuestras vidas. Es el lugar donde nace gran parte de nuestra identidad y de rutinas que llevamos adelante durante toda una vida. Sentimos el hogar como propio y nuestro, donde estamos seguros, cómodos y protegidos.

 

Cuando envejecemos, nuestro desempeño puede verse condicionado por un descenso en las capacidades tanto físicas como cognitivas, haciendo que nuestro entorno, antes favorable y accesible, se convierta en un lugar repleto de obstáculos que no podemos habitar con facilidad. Además, en muchas ocasiones, las enfermedades degenerativas, tales como la demencia, provocan gran desorientación en las personas que la sufren, provocando la incapacidad de reconocer sus hogares como propios. Eso genera malestar, baja actividad, baja autoestima y cambios en la conducta.

 

Para evitar el máximo posible estas pérdidas y afectaciones en la persona, es importante adaptar el entorno. Utilizando recursos de convivencia tales como determinar rutinas estables, simplificar tareas y aprovechar habilidades de la persona, mantenemos su independencia y dignidad y favorecemos su bienestar y tranquilidad. Así mismo, podemos adecuar el entorno físico y estructural para favorecer un mayor desempeño ocupacional, con modificaciones ambientales. Estos cambios deberían promover la seguridad de la persona, evitando que éstos sean drásticos, haciéndolos de forma gradual y de acuerdo a las necesidades de cada uno. Ofreciendo facilitadores (productos de soporte), para la realización de las actividades básicas de la vida diaria (vestido, higiene personal, baño, alimentación, etc.), podremos colaborar con la comodidad y la independencia.

 

Por otro lado, es importante señalar de manera clara, las diferentes habitaciones, sea con palabras o con dibujos. El entorno siempre tiene que ser sencillo, seguro y facilitar la autonomía. En algunos casos, se debería evitar la entrada a las habitaciones que supongan un peligro para la persona (por ejemplo, la cocina). Evitar, también, el uso de mobiliario peligroso (alfombras o muebles puntiagudos), tener un entorno con sonidos distorsionadores o tonalidades estridentes, etc. Así mismo, la reducción de factores de riesgo entre muchos otros, favorecerán un estado de bienestar y seguridad de la persona dentro de su propio domicilio.

 

 

Esther Escorihuela
Terapeuta Ocupacional en Centres Amunt · T. 93 448 11 54
www.centrosamunt.com

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