Por: Joan Ignasi Puig

Mi hijo en cinco días hará cuatro meses. Nació el 15 marzo, cuando empezaba el confinamiento. Es mi primer y único hijo. Toda la vida he dicho una y otra vez «yo no tendré nunca hijos!”

En la niñez, a menudo un primo mío (ya grande y con criaturas) me hacía enrabiar – aposta y para divertirse- cuestionándome una de las pocas cosas que tenía, como niño, claras en la vida. «Las cosas cambian, ya verás, Joan, como al final sí». Yo había acabado gritando y llorando en los brazos de mi madre, quien no lo contradecía. Mis dudas empezaron cuando mi compañera me lo propuso y han durado hasta hace nada. Si no fuera porque ella lo quería, yo no habría tenido nunca hijos. Con esto no quiero que parezca que cuestiono las personas que no quieren o no han querido tener hijas/hijos. Considero que es una opción absolutamente válida, tanto como querer tener. Muy a menudo, incluso más. Creo que es una decisión, un dilema, que unos y otros podemos acompañar sin intentar influenciar. La decisión recae y tiene que recaer, pero, siempre, en los sujetos en cuestión, principalmente en ella, está claro. En estos temas, los otros están para escuchar. Y a veces, escuchar significa no decir nada. Absolutamente nada. Por muy obvia que sea la respuesta para uno mismo. ¿O es que quieres tomar una decisión así por el otro? Y si así fuera, ¿quién te has creído que eres? Yo, aquí, explico mi experiencia personal, que no es la buena ni la mala; pero que es la mía.
Juego con mi bebé y por casualidad le digo algo que hace referencia al hecho que soy su padre, como por ejemplo: «¿Quién te quiere a ti, Gael? ¡El papa!» El hecho de escucharme a mí mismo referenciándome como «padre» me hace temblar, en una mezcla de sentimientos de ilusión, ternura, amor… y alerta. Es como un «*subidón» de placer y devoción mística, rodeadas de una capa de miedo, que hacen implosión en una milésima de segundo, y desembocan en el océano de la obviedad que ahora soy responsable de un ser más importante que yo. Esto tiene como consecuencia una infinidad de renuncias personales, de cosas que son y serán importantes para mí. Pero, finalmente, es una renuncia y no una pérdida, porque la vivo con un inmenso gozo e infinita plenitud.
Pero un segundo, no lo tendré seguro. Esto lo tengo clarísimo.

Joan Ignasi Puig Velasco

Hombres Igualitarios (AHIGE Catalunya)

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