Me llamo Carmen Miralles Brillas y nací en 1925 en la plaza Trilla (Barcelona), en una tienda de material eléctrico que tenía mi padre. Yo era la única hija con tres hermanos mayores que yo. Uno me llevaba 10 años, el otro 7 y el otro 5. Como podéis imaginar, con tres hermanos mayores y varones, aprendí a ser tremenda y como un «chicote».

Para mantener a tanta familia, mi padre trabajaba durante el día en la tienda vendiendo material y por la noche en FECSA (la compañía eléctrica). Por cuestiones de salud –trabajar día y noche no puede ser bueno para nadie–, tuvo que dejar la tienda. Nos trasladamos a Horta a una casita de alquiler donde mi padre montó una granja de conejos, palomos y gallinas. También teníamos un huerto, eso nos aseguraba a todos una buena alimentación. Por las noches seguía trabajando en FECSA.

Pasaron los años, fuimos creciendo, y por estudios de mis hermanos fuimos a vivir a Barcelona a la calle Calabria. En este piso murió mi madre siendo yo todavía muy joven. Allí me casé, tuve dos hijas (una de ellas falleció a causa de un accidente muy joven) y, después de una vida juntos, perdí a mi marido.

Yo seguí viviendo en mi casa y me apañaba yo sola con un poco de ayuda, pero en los años 90 la mala suerte hizo que cayera y me rompiera el fémur. Tuve que ir al hospital, donde me operaron. Todo fue muy bien, pero no podía caminar y tuve que hacer rehabilitación.

Mi hija buscó un sitio donde pudiese recuperarme hasta que fuera capaz de valerme por mí misma. Estuvo buscando y visitando algunos centros. Lourdes y Francesc (mi hija y mi yerno) tienen un grupo de amigos, en el que los hombres se conocen desde la escuela. Uno de estos matrimonios, Jordi y Montse, explicaron que tienen a la madre de ella en una residencia que se llama ORPEA Barcelona Guinardó y que allí estaba muy bien. Así que fueron a ver la residencia, hicieron fotos y me las trajeron al hospital. A mí enseguida me gustó, además estaba cerca de la casa de ellos, y decidí ir.

El 10 de octubre de 2017 me llevaron en una ambulancia hasta la residencia ORPEA Barcelona Guinardó. La primera persona que vi fue Montserrat Robles (madre de los amigos de Lourdes), que me estaba esperando en la puerta como si ya fuésemos amigas de toda la vida. Me llevaron a la habitación y allí pasé el primer día sin salir. Al día siguiente, cuando bajé al comedor en silla de ruedas, me asignaron una mesa donde no conocía a nadie, me sentía un poco indefensa. Entonces vino Montserrat y dijo: «Esta señora tiene que sentarse conmigo porque somos amigas». Nos pusieron en una mesa de dos, y en ese momento comenzamos a conocernos, aunque parecía que nuestra amistad ya venía de lejos.

Hablando, hablando, resultó que nuestros padres ya se conocían; el padre de Montserrat era representante de material eléctrico y tenía contacto con mi padre. En una ocasión, cuando el padre de Montserrat necesitó cambiar de domicilio, mi padre le proporcionó una vivienda en la calle Santa Magdalena (al lado de donde vivimos nosotros durante muchos años en el barrio de Gracia). Pero nosotras en aquel tiempo no llegamos a conocernos ya que yo le llevo 6 años y cuando yo me fui del barrio ella todavía no había nacido.

Esto me hizo ver que el destino de las personas parece que viene marcado desde que nacemos, y que nosotras dos teníamos predestinado conocernos. Nuestros padres, amigos entre sí, habían nacido puerta con puerta; nuestros hijos mantenían una amistad desde hace más de 40 años, y ahora nosotras, finalmente, nos conocemos en la vejez y comenzamos una gran amistad como si nos hubiésemos querido siempre.

Autora: Carmen Miralles Brillas,
de Residencia ORPEA BARCELONA – Guinardó
www.orpea.es