Por: Rocío Gil.-

La amistad entre nosotras surgió el mismo día que olvidó que soy su hija. Nos caímos bien y enseguida nos entendimos. –Es mi amiga–, dice a todos con orgullo refiriéndose a mí. Y cogida de mi mano paseamos cómplices, como solo los verdaderos amigos se acompañan.
A veces en silencio, a veces pisándonos las palabras. En cada despedida me voy a casa consciente de que ella ya se ha olvidado de mí, que su pensamiento es efímero, y que más allá de lo que alcanzan sus ojos yo no existo, pero con la seguridad de que mañana me brindará de nuevo su amistad.
La memoria selecciona sentimientos, no los ignora. La memoria olvida etiquetas, no las necesita. Los recuerdos de mi madre son ahora mis recuerdos. Soy guardiana de su memoria y testigo de sus olvidos. Con ella aprendí que la amistad no está reñida con la familia ni la edad. Que no se mide en cantidad sino en calidad. Y que la libertad y el respeto son sus mejores aliados. Mi madre no ha extraviado el significado de la palabra «amistad». Muy al contrario, entre todas las posibles denominaciones, ha elegido que yo sea su
amiga. Amiga para escuchar sus palabras ininteligibles, comprender sus miedos y reír sus ocurrencias. –¡Es mi amiga!– les digo a todos mientras paseamos cogidas de la mano. Mi amiga, mi madre.

Autora: Rocío Gil Álvarez
para su madre Teresa Álvarez

Extraído de: “El Libro de la amistad”  – Residencias ORPEA

www.orpea.es

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