Por: Antonia Utrera.-

Jordi Díaz nació en Badalona el 27 de enero de 1975, actor de teatro y televisión muy conocido sobre todo en Cataluña por haber interpretado el papel de Fede en la serie de TV3 “El Cor de la Ciudad». Lo vimos en el teatro con «El Método Grönholm» de Jordi Galcerán. En televisión, El Club de TV3 y en Catalunya Rádio con Xavier Graset. Acaba de reestrenar la octava edición de «Los Hombres son de Marte y las Mujeres de Venus» basado en el best-seller mundial de John Gray, con dramaturgia de Paco Mir y dirección de Edu Pericas. Podemos verlo hasta el 20 de junio en la Sala Aquarella de Barcelona.

Octava temporada con la obra «Los Hombres son de Marte y las Mujeres de Venus».¿Que es lo que hace que tenga tanto éxito esta obra?

Es una obra pensada para todos los públicos, todo el mundo se lo pasa muy bien. Está dedicada al mundo de las relaciones de pareja. Paralelamente a esto, después hay un actor que soy yo, que te lo tiene que explicar. Lo hago a mi manera, siendo yo mismo, rompiendo la cuarta pared, presentándome como el actor que soy y explicando esta historia como te la explicaría Jordi, que soy yo. Hago muchos personajes diferentes para que se entiendan las situaciones, puedo hacerte de una gallega, de un andaluz… y está claro, hace mucha gracia! los personajes pueden ser muy rocambolescos y si vienen niños también se lo pasan muy bien!

Los hombres y las mujeres tenemos patrones diferentes.

Si, todos somos iguales pero a la hora de actuar, de reaccionar, en general somos muy diferentes los hombres de las mujeres. Hay un patrón femenino y un patrón masculino, indiscutiblemente, un patrón de Venus y un patrón de Marte.

Pero la obra la explica un hombre…

Bien, todos recibimos aquí, yo reparto para todos, a partes iguales…! (ríe) pero es verdad, te la explica un hombre. Yo defiendo mucho a la mujer, la protejo mucho en este sentido. Intento ser más conciliador, pero cuando critico a los hombres, me pongo, para que ellas se sientan satisfechas…(ríe).

A través de la comedia se pueden decir muchas verdades…

Absolutamente, es broma todo, es azúcar, porque todo son situaciones que te has encontrado, muy cotidianas, y rápidamente te sientes reflejado, porque en el momento pueden ser muy tensas, pero cuando te las explican desde fuera hace reír mucho… ¿Quién no se ha perdido yendo en coche? y ¿cómo actúa él y cómo actúa ella? o a la hora de irte de viaje, ¿Quién es el que hace la maleta y quién el que lleva la bolsa? En todas las situaciones todos tenemos momentos diferenciales, momentos muy cotidianos.

El 2010 ganaste el premio Tvist al más seductor…

Me querían mucho y me tocó a mí (ríe). Yo agradezco este tipo de premios pero no porque me sienta yo un seductor. Es mi manera de ser, es la que te lleva a ser cómo eres. Sí que es cierto que esta «arma» tan bien llevada por un personaje que hice durante muchos años, el Fede de «El Cor de la Ciutat», tenía este punto de mamarracho seductor y esto arrastró un poquito toda esta cuerda, pero la seducción es una cosa que tenemos todos, el ser humano seduce por si mismo. Hay quién lo sabe hacer mejor o peor, hay quién tiene más gracia o menos gracia, pero todos tenemos el poder y la capacidad de seducir.

Tu formación como actor fue de manera autodidáctica..

Sí, es curioso, yo toda mi vida he querido ser actor, quería ser payaso ya desde muy pequeño. Con cinco años iba a un esplai e hicimos una obra de teatro, me dieron el papel protagonista de una obra de los Hermanos Grimm y yo me lo pasé pipa haciendo esto. Pero la gracia de aquello, que no se me olvidará nunca, con cinco años, es que cuando acabó la obra toda la gente, los papás, los tíos, todo el mundo aplaudia de pie. Y yo me dije: ¡Esto me gusta! Y a partir de aquí aquello se me quedó. Tuve la sensación en aquel momento que esto de que me aplaudiesen me gustaba mucho. Y esto se me quedó y a lo largo de mi vida, allá donde he ido, esplais, colegios, enseguida me interesaba saber si hacían teatro, iba buscando el teatro en todas partes.

Y de manera profesional?

Tardé un poco, entré en el Cor de la Ciutat con veinticinco años. Pero ya a los trece años iba con una compañía de teatro de Badalona. Con dieciséis monté unos talleres de teatro. Y después creé una Compañía. Y de aquella Compañía se hicieron espectáculos, todo a escala amateur. Después me llamaron para hacer un espectáculo infantil ya de manera profesional, que para mí fué maravilloso, una bomba, hice más de cien bolos. Cada actor hacía cinco o seis personajes con máscaras. El juego de las máscaras fue un descubrimiento, me alucinó. Yo no hice estudios, en mi casa se tuvo que trabajar, no había dinero, nos teníamos que buscar la vida. Mi hermano era el pescadero de la casa y yo trabajé como pescadero. Paralelamente lo combinaba con mi pasión, hacía teatro por la tarde o por la noche y a las dos o las tres de la madrugada tenía que levantarme para ir a comprar el pescado, pero cuando haces las cosas con ilusión y ganas, y eres joven, tiras millas…

Y entonces llegó la oportunidad de trabajar en «El Cor de la Ciutat».

Ya llegué preparado, tenía tantas ganas y tanta pasión, que cuando me dieron la oportunidad y me dijeron que el personaje que tenía que hacer duraría tres meses, yo por dentro me los miraba y decía: “si, ahora veréis. Yo tenía muy claro que me los tenía que ganar, que los tenia que seducir por todas partes. Y así fue, entré tan convencido, sabía que tenía mis armas y así fue, tres meses no, ocho años!

La Montserrat Carulla te ayudó…

La Carulla hizo una cosa extraordinaria,_de pronto se le llenan los ojos de lágrimas_ llevábamos una semana de rodaje de «El Cor de la Ciutat» y yo tenía la primera secuencia con ella. Y me pasó que me tropezaba con el texto, y me bloqueé… se creó una situación muy tensa, el director y el equipo sufría, la Carulla estaba allí, esperando. Finalmente ella me dice: «ven conmigo». Me lleva a un rincón y con mucha tranquilidad me dice: «ahora tú y yo vamos a respirar tranquilamente» y estuvimos como dos o tres minutos solos allá, con todo el equipo técnico en silencio absoluto y la Carulla allí, me hipnotizó de tal manera… Me dió un punto de liberación y enseguida me salió perfecto. Para mí a partir de aquí fue un punto de inflexión, me enseñó en un minuto como gestionar estas situaciones. Y me dio la confianza. Yo a ella le debo que mi camino no se desviara. Y la Carulla conmigo ha sido toda la vida una relación extraordinaria madre-hijo.

Has hecho mucho teatro y televisión, ¿Qué  te gusta más?

El teatro me gusta mucho, ha sido mi esencia. La televisión, el cine, son espacios de experiencia y de trabajo extraordinario para el actor, porque aprendes muchísimas cosas.

¿Algún personaje que no hayas hecho y que te gustaría?

El Cyrano de Bergerac, lo descubrí con Flotats, me encantó, la obra es maravillosa. También Ricardo III sería un personaje fantástico para poderlo hacer un día.

Tu otra pasión, la cocina…

Si, uno de mis trabajos, aparte del teatro, he hecho muchos, fue cocinero, y aprendí y me gusta mucho. Me gusta mucho comer, pero dónde disfruto más es cocinando para los otros y ver la reacción.

En las redes explicas cómo te diagnosticaron la diabetes. ¿Fue como volver a nacer?

Fueron unos años muy duros, fue cuando cumplí cuarenta años. Y creo que será el peor año de mi vida, el peor. Fue  el año que murió mi madre y esto me llevó al infierno. Me hundí. Mi madre murió en marzo y a mí se me diagnosticaba una trombosis y una diabetes al mismo tiempo en diciembre. Ella murió lejos de mí, no estaba cerca y aguantó desde las 9 h de la mañana hasta las 10 h de la noche que murió. Y para mí fue sentir mucha impotencia, de estar tan lejos de no poder hacer nada. Y por la rabia de saber que pasó por muchas cosas, mi madre sufrió un ictus y la gente no se muere de un ictus. Todo esto me cogió en un momento de mucho trabajo y yo estaba hundido, tenía una tristeza absoluta. Dejé de cuidarme, no iba al gimnasio, comía mal. En octubre empecé a tener sensaciones raras, pero no me importaba, me era todo igual, hasta que el brazo se me puso como una piedra. Y fue cuando decidí ir al hospital. Me hicieron una analítica y ahí fue cuando vi como estaba, una persona tiene que tener entre 80 y 140. Yo estaba a 950, habría tenido que estar en coma, nadie entendía que estuviera con una trombosis y una diabetes, con el buen aspecto que yo tenía.

Fue la respuesta al dolor emocional que sentías.

Si, yo sé a qué infierno me fui, cuando sientes este dolor tan grande que yo tenía, lo que es capaz de provocarte, yo me estaba muriendo sin importarme. Hicieron todo tipo de pruebas y no encontraron nada, pero mi tristeza estaba. Y ha seguido siempre. Fue un punto de inflexión, pero por mucho que yo quisiera, era inevitable no poderme olvidar todo aquello y sé que no lo olvidaré nunca. Sé que lo arrastraré toda mi vida. Tengo que aprender a gestionar mi tristeza. Yo soy un tío alegre, e intentaré que tú lo pases bien a mi lado, pero yo interiormente tengo una tristeza muy grande. La muerte de mi madre fue un golpe terrible. Ella era mi amiga, era todo, mi primera fan, lo compartíamos absolutamente todo, aunque estábamos lejos, ella vivía en Málaga., pero nos veíamos y siempre teníamos una conexión maravillosa.

Decidiste volver a vivir, cosa que nos alegra inmensamente! Y nos vemos en la Sala Aquarella de Barcelona, para hacernos unas risas con «Los Hombres son de Marte y las Mujeres de Venus».

Antonia Utrera