Vivo en Sarria y viví en directo hace unos días un episodio que mucha gente habrá visto mediante los medios de comunicación. Los seguidores de los ultras del Olympique de Lyon, concentrados durante horas en la Plaza Artós, con el apoyo de ultras de otros equipos de fútbol de aquí, se dedicaron a entonar canciones y gritos de contenido fascista. A medida que el consumo de alcohol aumentaba, su comportamiento era cada vez más violento, insultado y agrediendo a la gente que pasaba, encendiendo bengalas, destrozando portales y dejando detrás de ellos un rastro de basura. La fachada del edificio de Telefónica, situada en uno de los lados de la plaza, sirvió durante aquellas horas de urinario público, como un ritual de incivismo.

Me llamó la atención que la inmensa mayoría eran chicos, vestidos de forma casi idéntica – es decir, uniformados -. La escena la hemos podido ver en otras concentraciones del mismo tipo de seguidores ultras de otros equipos. En América Latina les llaman «barres braves». En nuestra ciudad hemos visto comportamientos similares después de algún evento deportivo. Recordamos que en Honduras estalló la «guerra del fútbol», una guerra iniciada después de un partido.

Podemos observar las características de una masculinidad tóxica. Una identidad que siempre se construye en grupo, en eso que llamamos «fraternidad excluyente». Un «nosotros» uniforme, donde la individualidad se diluye en el grupo, contra un «ellos» (o «ellas»), concebidos como un conjunto que hace falta deshumanizar para poderlo hacer objeto de nuestra rabia y nuestra violencia. Lo vemos en la distintas «manadas», en las peñas, bandas, partidos,entre otros. Está presente, con mayor o menor intensidad, en la mayor parte de los conflictos. Distintos nombres que copian en pequeña escala lo que es un modelo tradicional de «solución» de estos conflictos: la guerra, la destrucción y la aniquilación del otro, protagonizada por ejércitos jerarquizados y uniformados.

Es muy necesario desmontar este modelo de funcionamiento que ha traído y trae mucho sufrimiento en la humanidad! Como nos hace falta sustituirlo por las actitudes de acogida, empatía, escucha, atención del otro. Hemos de conseguir hacer visible que, detrás de estas actitudes violentas, insolentes y prepotentes, hay identidades inseguras, que proyectan las frustraciones hacia fuera, hacia el otro, en vez de reconocer la propia vulnerabilidad.

Esta necesaria transformación de las masculinidades tradicionales debe comenzar, pues, desde nuestro interior. Es una tarea individual y colectiva cada vez más urgente.

Juanjo Compairé

Homes Igualitaris (https://homesigualitaris.wordpress.com/)

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