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  my Mamá · 6 de mayo

En España sabemos que el primer domingo de mayo se celebra el Día de la Madre, una fecha en la que los hijos demuestran su amor y cariño a sus madres. Sin embargo, el Día de la Madre no se celebra en la misma fecha en todos los países y, desde luego, no siempre ha tenido el mismo sentido a lo largo de la historia.

Los primeros orígenes de esta celebración se remontan al Antiguo Egipto, donde la diosa Isis, conocida como ‘Gran diosa madre’, entre otros muchos títulos, era objeto de culto y homenaje con tintes simbólicos y mitológicos por parte de su civilización.

Algo parecido sucedió en la Antigua Grecia con la diosa de la mitología griega Rea, madre de los dioses del Olimpo; y durante el Imperio Romano, donde se rendía culto a la diosa Cibeles, diosa Madre, en su templo con ofrendas florales durante tres días.

El catolicismo en Europa comenzó a honrar a la virgen María, madre de Jesús de Nazaret, aunque no fue hasta el 8 de diciembre de 1854 cuando el papa Pío IX definiera esta celebración con la Inmaculada Concepción.

En España existen registros que datan del año 1330 en que las cofradías, creadas en honor a la virgen de la Inmaculada en Gerona, le rendían culto. Teniendo en cuenta este dato y que la fiesta de la Inmaculada ha sido fiesta de guardar en España desde 1644, el Día de la Madre en España se celebraba el 8 de diciembre. Fue a raíz de la declaración oficial del Día de la Madre de Woodrow cuando se planteó una distinción de celebraciones: por un lado la Inmaculada Concepción y por otro el Día de la Madre como celebración de la maternidad.

Es en 1965 cuando el Día de la Madre se traslada al primer domingo de mayo, tal y como lo conocemos hoy. El hecho de que se celebre en mayo no es casual pues este mes es el quinto mes del año y el mes de la virgen María, madre de dios.

La buena Madre es aquella que se va volviendo innecesaria con el paso del tiempo.
Ha llegado la hora de reprimir el impulso natural materno de querer colocar el pichón debajo del ala, protegido de todos los errores, tristezas y peligros.

Es una ardua batalla, lo confieso.

Cuando empiezo a debilitarme en la lucha para controlar la supermadre que todas tenemos dentro, me acuerdo de la frase del título.

“LA BUENA MADRE ES AQUELLA QUE SE VA VOLVIENDO INNECESARIA…”

Si realicé mi labor de madre correctamente, tengo que volverme innecesaria.

Y antes que alguna madre me acuse de desamor, explico qué es lo que significa eso.

Ser “innecesaria” es no dejar que el amor incondicional de madre, que siempre existirá, provoque vicio y dependencia en los hijos, como si fuera una droga, a tal punto, de que que ellos no sean capaces de poder ser autónomos, confiantes e independientes.

Deben estar prontos para trazar su rumbo, hacer sus elecciones, superar sus frustraciones y cometer sus propios errores también.

Con cada fase de la vida, una nueva pérdida es un nuevo logro; para las dos partes: madre e hijo.

El amor es un proceso de liberación permanente, y ese vínculo no deja de transformarse a lo largo de la vida.

Hasta el día en que los hijos se vuelven adultos, constituyen su propia familia y recomienzan el ciclo.

Lo que ellos necesitan es tener la seguridad de que estaremos con ellos, firmes, en el acuerdo o en la divergencia, en el triunfo o en el fracaso, prontas para el mimo, el abrazo apretado, y el consuelo en los momentos difíciles.

Los padres y las madres, solidariamente, crían a sus hijos para que sean libres y no esclavos de nuestros propios miedos.
Es ese el mayor desafío y la principal misión.

Cuando aprendemos a ser “innecesarios”, nos transformamos en un puerto seguro donde ellos puedan atracar.

“A quien ames. dale:

– Alas para volar.

– Raíces para volver.

– Motivos para quedarse.

Hagamos hijos independientes y seguros de sí mismos para que vivan una vida plena y honrada.

“CUANDO UNA MADRE AMA DE VERDAD EDUCA A SUS HIJOS PARA APRENDER A VOLAR”.

Andrea Giorgi
Arte Claudia Tremblay

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